SALEM OLEICA DIOSA DEL CIELO Y LA TIERRA
CAPÍTULO 1
Nafisa Haji empujó la pesada puerta del bar y pasó al
interior. De inmediato sintió que se le irritaban los ojos y la garganta a
causa del humo del tabaco que invadía el local. De pie junto a la entrada,
examinó la estancia a través de la bruma azul que la envolvía.
Él tenía que encontrarse en algún lugar en medio de aquel
bullicio. Nunca se le habría ocurrido ir a buscarlo allí si no hubiera oído
comentar a uno de sus amigos que siempre iba a ese bar cuando se encontraba en
la ciudad. Nafisa estaba desesperada, pero no quería que él lo supiera. De
algún modo, tendría que convencerlo de que su oferta era digna de
consideración, y muy beneficiosa para ambos.
Siguió buscándolo en medio de la multitud. Su largo
cabello quedaba oculto bajo el gran sombrero que llevaba puesto. Con la
esperanza de disimular su condición femenina, se vistió muy sencillo para la
ocasión.
Era la primera vez que pisaba un sitio como ese y se
sentía intimidada. Resueltamente, la joven irguió los hombros y se puso a
examinar el local, con una deliberada expresión de aburrimiento, a fin de
despistar a los que la miraban con curiosidad. Y parecía funcionar, porque al
poco reanudaban la charla con los amigos, sin prestarle más atención.
Por
fin lo encontró. Anwar estaba sentado a una mesa en compañía de dos amigas. Tragando saliva y con las piernas temblorosas, Nafisa
Haji se dirigió hacia allí.
Al verla, Anwar se levantó de la mesa y acercó una silla
para que Nafisa Haji se sentase con ellos, y llamó al mesero para que les
trajese una botella de vino para celebrar. Nafisa comenzó a sentirse más
relajada y sonreía mientras miraba a Anwar.
Bebieron y comieron compartiendo una animada charla hasta
que las amigas de Anwar se marcharon, dejando solos a Anwar y Nafisa.
—Anwar, he venido a buscarte porque quiero decirte que
estoy embarazada —dijo Nafisa con una gran sonrisa en sus labios.
Él se quedó serio, sin contestar nada durante unos
segundos, para luego explotar:
—¡Pues escúchame bien, Nafisa: yo te prohíbo que digas
que soy el padre! —gritó Anwar.
Nafisa se levantó de la silla echa una furia.
—¡Canalla! —respondió empujándolo con todas sus fuerzas.
Luego salió corriendo del local.
* * *
Dos meses después de aquello, estando Nafisa con su mejor
amiga Aisha, le confiesa que piensa seguir adelante con el embarazo, a pesar de
todo.
—Quiero tener esta criatura, amiga. Quiero a mi bebé.
Tengo ese derecho.
—¿No crees que deberías llamar a Anwar?
—No, Aisha, no tengo nada que hablar con él.
—Pero no sabemos qué ocurrió entre ustedes y además, si
estás embarazada…
Nafisa le lanzó una mirada de advertencia:
—¡Ni se te ocurra hablar con Anwar!
—¿Y qué harás? ¿Desaparecer?
—¿Por qué no? A veces es mejor así…
—¿Eso le hiciste tú al padre de tu hijo?
Aisha la abofeteó dolida:
—Él me abandonó, ¿entiendes? ¡Me abandonó!
Del otro lado de la cuidad, Anwar platicaba con su buen
amigo Tareq en las afueras de su casa.
—Si Nafisa quiere su bebé, que se quede con él.
—Piénsalo bien, Anwar.
—Ya lo pensé. Y decidí que me voy de Dubái para siempre.
—Eso no está bien, Anwar. Un hombre no debe salir huyendo
de sus problemas, sino responsabilizarse de ellos…
—Yo no elegí tener ese niño. Es ella quien quiere cargar
con esa responsabilidad, no yo. Que cada uno afronte el destino elige para sí.
Lo siento, pero la decisión está tomada.
Tareq le miró un momento. No había ni un rastro de
titubeo en sus ojos. Suspiró.
—Jura al menos que me vas a llamar —le pidió con
preocupación.
—Te lo juro —contestó Anwar sin mirarlo.
Tareq se marchó pero no muy tranquilo.
* * *
Nafisa Haji estaba hambrienta, aterida de frío y muy
asustada. Era casi la una de la mañana. Todavía le quedaban por delante la
mayor parte de las largas horas de la noche. ¿Cuánto tiempo había estado
caminando? Le dolían la espalda y las piernas y la visión se le estaba
empezando a nublar por el cansancio, pero ¿dónde podría encontrar un lugar
seguro en el que pasar la noche?
Había estado sentada en la estación de trenes durante la
mayor parte del día, cambiando de asiento con frecuencia para no atraer la
atención de ningún empleado, hasta que los gritos de dos gamberros la obligaron
a refugiarse en el cuarto de baño. Mientras se refrescaba un poco, le habían
robado la chaqueta. Y llevaba el monedero en uno de sus bolsillos. No podía
denunciarlo ante un policía, porque le podrían hacer preguntas incómodas o
pedirle una dirección. No había nada que hacer. Podía dar por perdido su
monedero y las últimas monedas que le quedaban. Solo era otro revés más, como
los muchos que había sufrido desde que llegara a Dubái, hacía casi dos años.
Se detuvo para comprobar que su hija de siete meses
estaba bien abrigada frente al frío aire de la noche. Entonces, tembló
violentamente y tocó las dos bolsas de plástico que contenían todo lo que
poseía en el mundo. Se consideraba una perdedora y una fracasada. Ni siquiera
había conseguido colocar a Irsi bajo el más humilde de los tejados y cuidarla
como su pequeña se merecía.
Nafisa Haji caminaba sin rumbo, sin hogar y sin dinero,
casi como una mendiga… Solo veinticuatro horas antes había tratado de armarse
de valor para poner fin a sus problemas. Había ido a los servicios sociales
para denunciar que su casero había tratado de irrumpir en su habitación dos
veces durante la noche y que se sentía aterrada.
—Nunca antes hemos tenido quejas sobre él —le había
respondido la empleada, fríamente—. Si no regresa al alojamiento que le hemos
buscado, se considerará que ha renunciado voluntariamente a tener un techo bajo
el que dormir. Le aconsejo que se lo piense muy bien antes de cometer ese
error; tiene una hija de la que preocuparse. Informaré a la trabajadora social
que lleva su caso de que está teniendo problemas…
—No, por favor, no haga eso —le suplicó Nafisa
Le aterraba lo que aquella entrevista podría suponer para
su hija. Tal vez le quitaran a la niña o la dieran en adopción. La última
asistente social con la que había hablado terminó por perder la paciencia
cuando Nafisa se negó por quinta vez a darle el nombre del padre de la pequeña.
Anwar le dejó muy claro que si se atrevía a decirle a alguien que él era el
padre de Irsi, se arrepentiría de haber nacido.
Aquello era algo de lo que la propia Nafisa se
arrepentía. Había destrozado la vida de sus padres quedándose embarazada fuera
del matrimonio. Cuando les contó que esperaba un hijo, su padre lloró, una
visión que ella nunca olvidaría mientras viviera.
Al recordar aquellos momentos, sus ojos se llenaron de
lágrimas. Estaba tan sumida en sus pensamientos que ni siquiera se dio cuenta
del coche que se acercaba por su derecha…
Cuando el carrito bajó el bordillo hasta el asfalto y oyó
el chirrido de los neumáticos al frenar, supo el peligro en el que Irsi y ella
se encontraban. En décimas de segundo, Nafisa Haji tiró del carrito para salvar
a la niña, pero el mismo impulso le hizo perder el equilibrio y cayó de
espaldas, golpeándose con el bordillo.
Sintió una explosión de dolor en la base del cráneo y
luego, poco a poco, una oscuridad absoluta fue apoderándose de ella.
Raí saltó de la limusina.
—¿La hemos golpeado? —le preguntó a Fâris, que había
salido del vehículo tras él.
—No —respondió el chofer, colocando el carrito en un
lugar seguro—. No la hemos golpeado…
El chofer la vio a tiempo y ya había aminorado bastante
la marcha antes de llegar a su altura. Esa mujer había empezado a cruzar sin
mirar y…
—Llama a una ambulancia; una privada de la fundación.
Será más rápido —le ordenó Raí.
Se agachó al lado de la mujer y le tomó el pulso. Cuando
comprobó que seguía viva, respiró aliviado; sin embargo, la piel de la mujer
estaba demasiado fría.
—No está muerta —gritó para que Fâris, que había vuelto a
la limusina, pudiera escucharlo. A continuación, se quitó la chaqueta y la
cubrió suavemente con ella. Fue entonces cuando se fijó en el rostro de la
mujer por primera vez—. Dios mío… ¡Pero si es casi una niña!
Raí tuvo que admitir que se trataba de una joven muy
hermosa. Tenía una delicada estructura ósea y los rizos de un vibrante color
bronce que le enmarcaban el rostro solo conseguían acentuar su extremada
palidez.

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