**Cuento de los ojos del alma**
Había una vez, en un pequeño pueblo escondido entre montañas, un anciano llamado Elías. Era conocido por su sabiduría y por tener una mirada que parecía ver más allá de lo físico; muchos decían que tenía "ojos del alma".
Elías pasaba sus días sentado en la plaza central, donde los habitantes del pueblo se reunían a compartir historias. Su mirada serena y profunda atraía a niños y adultos por igual. A menudo, se le veía conversar con aquellos que llevaban cargas pesadas en su corazón. Con solo mirarlos, parecía desnudarlos de sus problemas, permitiéndoles ver la vida desde una nueva perspectiva.
Un día, una joven llamada Clara llegó al pueblo. Era una artista con sueños de grandeza, pero arrastraba una profunda tristeza. Le preocupaba no ser suficientemente buena, y su autoestima se había desvanecido con cada intento fallido de crear algo extraordinario. Al escuchar sobre el anciano de los ojos del alma, decidió buscarlo con la esperanza de encontrar respuestas.
Cuando finalmente se sentó frente a Elías, su mirada penetrante la llenó de una extraña calma. Sin decir una palabra, ella comenzó a narrarle sus inseguridades y miedos. El anciano la escuchó atentamente, sin interrumpir. Luego, alzó la mirada hacia ella, y en su expresión había una mezcla de entendimiento y compasión.
—Clara, —dijo Elías suavemente—, a menudo miramos al mundo y a nosotros mismos a través de un cristal empañado. Los ojos del alma ven la esencia de las cosas; ven lo que somos más allá de nuestros fracasos.
Clara sintió un nudo en la garganta, pero se permitió abrirse aún más. Habló sobre su amor por la pintura y los momentos en que había sentido una conexión profunda con su arte. El anciano escuchó con atención, y tras un rato, dijo:
—Cada persona tiene su luz interior; a veces, solo necesitamos un poco de claridad para poder verlo. ¿Ves esta flor? —dijo, señalando a una pequeña flor silvestre que crecía en el suelo—. Es hermosa, aunque pueda parecer frágil. No necesita lucir como una rosa para ser valiosa.
Con esa simple analogía, Elías animó a Clara a redescubrir su pasión por la pintura. Le pidió que pintara no lo que la sociedad consideraba "bello", sino lo que su corazón le dictara. Clara, inspirada por las palabras del anciano, se dirigió a su pequeña cabaña y comenzó a crear.
Día tras día, su lienzo cobró vida con colores brillantes y formas abstractas que representaban sus sentimientos más profundos. Mientras pintaba, se dio cuenta de que su bienestar no dependía de la aprobación de los demás, sino de su propia conexión con su arte.
Con el tiempo, Clara organizó una exposición donde mostró sus obras. Sorprendentemente, la gente comenzó a acercarse, no solo por la originalidad de su trabajo, sino también por la emoción que emanaba de cada cuadro. Su arte tocó las almas de quienes lo contemplaban, y así, Clara encontró su camino.
Volvió a Elías para agradecerle. Con su mirada llena de gratitud, comprendió que los verdaderos ojos que necesitaba abrir eran los de su alma. El anciano sonrió, sabiendo que había guiado a otra persona hacia su propia luz.
Y así, en aquel pueblo escondido entre las montañas, la leyenda de Elías y sus ojos del alma siguió viva, recordando a todos que a veces, solo necesitamos mirar más allá de lo superficial para encontrar el verdadero valor en nosotros mismos y en los demás.
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