Huellas en el Espejo**
Había una vez una joven llamada Lucia, quien había vivido toda su vida en un pequeño pueblo rodeado de montañas. Desde pequeña, siempre había visto a su madre, Carmen, como una figura fuerte y decidida, pero a veces también había sentido que su manera de ser era un poco demasiado.
Carmen cocinaba con una pasión que llenaba la casa de aromas irresistibles. Regía el hogar con firmeza y tenía un canto que resonaba por las mañanas, llenando cada rincón de alegría. Lucia solía observarla y, con frecuencia, criticaba su forma de hacer las cosas. “¿Por qué tiene que ser tan estricta?” pensaba. “¿Por qué siempre canta esa canción?”
Los años pasaron, y Lucia se fue a la ciudad para estudiar. Al principio, disfrutaba de su independencia y de no tener que seguir las normas de su madre. Pero pronto, la vida adulta comenzó a mostrarle su dura realidad. Entre exámenes, trabajos y responsabilidades, se sentía abrumada. Una noche, al mirar la receta que había sido transmitida de generación en generación, decidió que prepararía el platillo favorito de su madre: el guiso de pollo al cilantro.
El primer paso fue un desafío. Recordó cómo su madre picaba cada ingrediente con precisión, pero a ella le costó más de lo esperado. Sin embargo, mientras cocinaba, algo mágico sucedió. Al mezclar los ingredientes y saltear las especias, escuchó su propia voz cantando la misma melodía que su madre solía cantar. Sin darse cuenta, una sonrisa se dibujó en su rostro.
Días luego, regresó a casa para el cumpleaños de Carmen. Mientras estaban en la cocina juntas, Lucia empezó a regañar a su hermana por no haber recogido su desorden en la mesa. Al instante, Carmen la miró con una mezcla de sorpresa y sonrisa. Lucia se detuvo, recordando todas las veces que había visto a su madre hacer lo mismo.
“¿Es esto lo que se siente ser adulta?” se preguntó. Esa noche, mientras se preparaban para dormir, se sentó con su madre y le preguntó sobre sus sacrificios. Carmen sonrió, compartiendo historias de desvelos y preocupaciones que mantuvo en silencio.
Con cada palabra, Lucia comenzaba a entender. Agradeció a su madre por los desvelos y las enseñanzas; por cada reprimenda que sentía dura en su juventud. Y por primera vez, sintió su presencia como un abrazo cálido.
Pasaron los meses, y en una tarde tranquila, Lucia se encontraba de pie frente al espejo. Al mirarse, no solo vio su reflejo, sino también la esencia de su madre. Ella sonrió al verse, notando que había heredado no solo los rasgos físicos, sino también las manías, las preocupaciones y las pequeñas alegrías. “Soy como ella”, pensó.
Y llegó el día en que, con confianza en sus pasos, calzó esos zapatos gigantes que había dejado de lado en su infancia. Eran del tamaño de su madre y, al ponérselos, sintió la fuerza y la responsabilidad que habían llevado con orgullo. Caminó por la casa y recorrió cada rincón, dejando su propia huella mientras abrazaba la de Carmen.
Así, entendió que todas esas críticas que había pronunciado eran sus propias inseguridades. Agradeció a la vida por cada uno de esos momentos, entendiendo que su madre siempre estaría con ella, en cada risa, en cada lágrima, en cada decisión. Y aunque los años fueran pasando y la distancia dijera presente, el lazo que compartían se mantendría.
Porque, al final, unos meses habían estado dentro de su madre, pero era un hecho que su madre siempre estaría dentro de ella, en cada paso que decidiera dar. Y en este gran viaje llamado vida, no solo llevaba los zapatos de Carmen, sino que también llevaba su corazón.
Y así, Lucia sonrió nuevamente al espejo, aceptando su historia, contenta de ser la hija de una madre maravillosa.

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