**Clara, la niña que miraba el mundo por el ojo de una aguja**

 


En un pequeño pueblo encajado entre colinas verdes, vivía una niña llamada Clara. Desde muy pequeña, Clara tenía una curiosidad insaciable. Mientras otros niños jugaban y corrían por los campos, ella prefería observar el mundo a través de su lente particular: el ojo de una aguja.

Clara había descubierto que, si colocaba la aguja frente a su ojo y miraba a través de ella, el mundo se transformaba en un mosaico de colores y formas. Las flores se volvían caminitos de pétalos brillantes, los árboles parecían danzarines en una fiesta, y los rostros de las personas se convertían en expresiones cómicas y sorprendidas. Para ella, el ojo de la aguja era como un portal mágico que revelaba lo extraordinario en lo cotidiano.

Sin embargo, ser la niña que miraba el mundo de esta manera no siempre fue fácil. A menudo, sus compañeros de juego no la entendían. “¿Por qué miras así?” le decían, riendo de su peculiar costumbre. Clara, sin embargo, no se dejaba afectar. Para ella, el mundo era un lugar maravilloso, lleno de secretos por descubrir.

Un día, mientras observaba una mariposa a través de su aguja, Clara se dio cuenta de que aquella pequeña criatura era aún más hermosa de lo que había imaginado. Sus alas parecían un lienzo pintado a mano con los colores más vibrantes. Decidió que quería compartir esa belleza con sus amigos, así que corrió a buscarlos.

“¡Vengan! ¡Tienen que ver esto!”, exclamó, extendiendo su mano para que todos pudieran mirar a través de la aguja. Los niños, algo escépticos pero intrigados, uno a uno se acercó a la aguja. Cuando vieron la mariposa, sus ojos se iluminaron de asombro.

“¡Es asombroso!”, gritó uno de ellos. “¡Nunca había visto algo así!”

Clara sonrió, feliz de que sus amigos comenzaran a comprender su forma de ver el mundo. A partir de aquel día, los niños del pueblo se unieron a Clara, y juntos comenzaron a mirar a través de la aguja, descubriendo maravillas en cada rincón.

Miraban cómo los campos se llenaban de colores cuando las flores comenzaban a brotar, cómo los animales del bosque jugaban entre sí, y cómo los atardeceres se pintaban con tonos dorados y rosados. Cada día, el ojo de la aguja revelaba un nuevo misterio.

Uno de los niños, llamado Mateo, le preguntó a Clara: “¿Por qué miras el mundo de esta manera?”. Clara, con una sonrisa, respondió: “Porque a veces necesitamos ver más allá de lo que nuestros ojos pueden decirnos. La belleza puede estar en los detalles más pequeños y, si no prestamos atención, podemos perdernos de cosas muy hermosas”.

Con el tiempo, el grupo se convirtió en un club de exploración, y Clara se convirtió en su líder. Juntos, comenzaron a documentar las maravillas que descubrían y a compartir sus observaciones con el resto del pueblo. A medida que el tiempo pasaba, la curiosidad y la imaginación de Clara inspiraron a otros a mirar el mundo de una manera diferente.

Y así, en aquel pequeño pueblo entre colinas, la historia de Clara y su ojo de aguja se convirtió en una leyenda. La gente aprendió a apreciar la belleza de lo cotidiano y a ver el mundo con nuevos ojos, recordando que, a veces, todo lo que necesitamos es una nueva perspectiva para descubrir las maravillas que nos rodean.

Clara nunca dejó de mirar a través de su aguja, porque había aprendido que la verdadera magia está en los detalles y en la curiosidad que nos lleva a explorar lo desconocido.

 

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